Expedición al Sahara Occidental (8). Cavernas.

LOGO Harmusch gacela

Las cuevas están situadas en la parte más alta del páramo. Hay una buena vista desde allí. Javi Chico se estuvo entreteniendo en sacar restos. Excavó. Se coló hasta los recovecos más inaccesibles. Ayudado del frontal. Trajo al campamento una buena muestra de lo que devoran las hienas.

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Algunas de las cuevas están tapiadas. Cuenta Valverde en sus memorias que los oriundos del lugar utilizan estos huecos de las montañas para protegerse de la calorina. Se está mucho mejor que debajo de una acacia. Las cuevas están amuralladas de forma precaria, pero lo suficiente como para otorgar la autoría a un bípedo, más que a un cuadrúpedo.

Javi, el lamparones, quiere, además, enseñarnos las geodas incrustadas en los estratos. Hay algunas que han caído al suelo, rodando por la pendiente. Se pueden encontrar casi al pie de la montañita.

Después de una buena cosecha mañanera de pedruscos y huesos regresamos al campamento. Mi equipaje es cada vez más pesado. Se nota cada vez que hay que moverlo. ‘¡¿Pero que llevas aquí?!’ me espetan mis compañeros. ‘¿Piedras?’ preguntan con afán de cachondeo. ‘Pues sí, justamente. Piedras’. Tampoco destaca mucho entre los restos de huesos y cráneos que los demás esconden entre la ropa.

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Seguimos recorriendo territorio. Hoy buscaremos donde establecer el tercer campamento. Vemos restos de piconeras. Arbustos o árboles convertidos en trocitos de carbón. Se utiliza para cocinar, para calentar el agua del té. Para  quemar el tabaco de la narguila.

Detenemos los coches en un lugar que parece apartado y poco transitado. El viento dominante del norte va creando montoncitos de arena a sotavento, denominados rehba. Cada matorralito, cada resalte del terreno, tiene un testigo en forma de montoncito de arena. El viento viene del lado contrario.

El fenómeno se observa a simple vista. Pero si uno se agacha ve que también ocurre a escala de pedrusco. Micromontoncitos.

A ras de suelo el miope descubre más cosas. Las huellas de los insectos recuerdan caracteres sumerios. Los caparazones huecos de los escarabajos, decolorados. Desteñidos por el sol.

Las collalbas negras de Brehm no se dejan asustar. Dejan al caminante acercarse bastante. Saltan  de una rama a otra. Se paran. Te miran. Se dejan retratar.

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La lista de paseriformes ha ido aumentando. Cada noche los biólogos actualizan sus cuadernos. Por lo visto la alondra ibis es un gran avistamiento.

La mochila de ataque ha empezado a sufrir el desgaste. Sobresale un palo de su estructura. Llevaba días queriendo asomar y por fin ha cascado. ¿Pero tú que llevas ahí? Me pregunta Gerardo, el rey de lo escueto. Además de un par de botellas de agua y la comida llevo el jersey que me sobra por el día pero que es imprescindible al atardecer. Y la crema del sol. Y un mapa de Marruecos. Y pilas de repuesto. Y el frontal. ¡Ah! Y un par de libros. ‘¿Libros? ¿Para qué traes los libros? Los puedes dejar en el coche’, pregunta incrédulo. ‘Por si nos secuestran’ es mi respuesta. ‘Y llevo el cuaderno de notas. Imagínate que de repente, en este secarral me pilla de improviso la inspiración y se me ocurre la novela de mi vida.’

En lo más perdido del amplio llano aparece de repente un rebaño de ovejas. Ya la hemos jodido. ‘Hasta aquí hemos llegado. Mirala’ovehavieho’ dice el Indio en un perfecto granaino[1]. Si hay ovejas hay pastores. Y en consecuencia las gacelas estarán lejos. Abortamos la búsqueda por esa zona. A la sombra de una acacia, la única que encontramos, nos comemos unos pistachos. Es increíble que haya animales pastando por aquí. Apenas encontramos materia verde.

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Seguimos caminando. Nos volvemos a desenhebrar. Cada uno por un lado. Con sus pensamientos. Me paro a beber agua. Los pistachos me han dado sed. Y entonces aparece la música de viento. De la nada. El viento, casi imperceptible, le saca sonidos a la botella sin tapón.

Vuelve la noche sin darnos cuenta. Caen los días sin sentirlos. Hemos entrado en la atemporalidad. La lumbre lamiendo los resecos leños. El humo que impregna una y otra vez la ropa. La pipa caliente entre las manos. Las miradas perdidas en el fondo de las brasas. ‘Cómo se agradece la candela’ dice Bego. La candela. Me anoto la palabra. Llevo papelitos por los bolsillos en los que voy garabateando cosas.

Poco a poco vamos a las tiendas, aunque esta noche tres de los nuestros van a ver qué se ve. Por la tarde parte del equipo descubrió un oasis cerca del campamento, con sus tres palmeras. Es un buen lugar en el que poder ver cosas. Se han dedicado a colocar redes para ver si caían murciélagos (y luego soltarlos, claro). El atardecer lo hemos pasado allí. Yo llegué más tarde, después de ver la nota que dejaron en el parabrisas de uno de los coches. Los walkies no funcionaron. Probablemente estábamos demasiado distanciados.

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[1] Mira las ovejas, viejo

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