Expedición al Sáhara Occidental. 2011. (7) Piedras & arena

Me acuesto empapado de humo. Hoy ha sido la última noche del año. Por eso Bego y Migue han preparado un menú especial: puré de patatas y salchichas. No hay uvas, no hay campanadas. Hay cansancio y una charla distendida que cada poco es interrumpida por sonoras carcajadas.

Aunque la jornada estuvo dedicada a pistear, al final cayeron varios kilómetros andando por el pedregal. Llanos inmensos, aparentemente insulsos. En estos paseos uno suele quedar aislado. Los compañeros a la vista. Pero lejos. Quedan lejos. Así que tiendo a caer en la introspección. Me doy cuenta de que casi siempre llevo una piedra en la mano. Aquí hay muchas para elegir. Me obsesiona el sílex. Pedazos de piedra que parecen de plástico. Me sublima su tacto. La paso entre los dedos mientras camino. Cuando me canso la tiro y cojo otra. Hay miles.

Algunos de ellas talladas. Pasaron por las manos de nuestros antepasados. ¿De dónde salen las piedras? Parece que anduviésemos por estratos. El más superficial, el que constituye el suelo por el que caminamos, se va desmenuzando. Al contacto con la intemperie. Cambios frío/calor. Pero no solo eso. La sal, que abunda en el terreno –trasladada a superficie por los procesos de evapotranspiración y después extendida por el viento- tiende a meterse por los intersticios. Allí, disuelta en la humedad, corroe las rocas. A base de tiempo las va convirtiendo en pedacitos.

P1050459

Me percato de que siempre llevo algo en las manos. Lo contrario es sentirse desnudo. Herencia de portar eternamente algo. Un libro. Un cuaderno. Un balón de baloncesto. Ahora llevo piedras que se pueden olvidar, perder. Piedras milenarias.

Otra sensación que me gusta es el olor a naranja que queda en las manos. Mastico los gajos acompañados de pan. Pan con naranjas. El aroma cítrico, las manos pringosas. Me evoca el comedor del colegio. A la EGB. Así iba yo por el desierto. Masticando recuerdos. Recogiendo piedras. Quedándome con algunas que iban abultando los bolsillos laterales del pantalón. Piedras que jamás clasificaría.

Al día siguiente (año nuevo por cierto) abandonamos el campamento, no sin cierta inquietud. Las bolsas de basura colgadas de los árboles, para que no destripen su contenido las alimañas que tanto nos gustan. Vamos hacia el este, de nuevo. Aparece una pista de cierta entidad. Creemos que va hacia Tindouf. Cuando nos parece bien paramos. Echamos un vistazo con los telescopios. Los del techo van al tanto. Por si se viesen gacelas. Volvemos a parar. Echamos a caminar un rato. Es así, y sólo así, cuando la inspección puede resultar fructífera. Una huella. Un excremento.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Topamos con otra partida de cazadores furtivos. Esconden los cañones, que sobresalían por las ventanas traseras. Nos preguntan a bocajarro. Que qué hacemos aquí. Que si tenemos permiso. No te jode. Encima tenemos que disimular y dar explicaciones. Hacernos los tontos. No, por aquí, de turismo, nos gustan los pajaritos. Pues necesitáis permiso, nos dice. Claro. Con su indumentaria oficial de agente forestal. El tipo corrupto enseñando a los cazadores donde hay presas. Aquí quinientos euros dan mucho de sí.

Siguen su ruta. Al poco escuchamos tiros. Liebres. Perdices. Antes nos han hecho algunas preguntas clave: que si hemos visto gacelas (sí a ti te lo vamos a decir) ‘¡Ah! ¿Pero aquí hay gacelas?’ respondemos, con cara de idiota. La otra, que si venía algún marroquí con nosotros. Asegurándose de que no hay testigos incómodos. Porque unos cuantos extranjeros desnortados pues vale, no pasa nada. Se vuelven a su país y listo.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

De vuelta al campamento se inicia el trasiego de cada día. Meter y sacar cosas de los equipajes. Por fin encuentro la crema de protección solar. Sigue sin aparecer la ropa de recambio. Ya otro día busco mejor.

Nos acercamos a un campo de dunas. Gerardo anda desesperado. Los paseos nocturnos están resultando sumamente infructuosos. Vemos más de día que de noche. La arena apilada por el viento nos da, mezclada con la ménguate luz vespertina, unas imágenes subyugantes. Arena apilada y moldeada. Rojiza. El estereotipo del desierto.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Charlamos en la oscuridad de la tienda. Gerardo se acuerda de los saharauis. Le dijeron que no durmiésemos en los oued. Son peligrosos. Han visto más de treinta metros de agua, de lado a lado, arrasar con todo. Aquí puede que no llueva, dicen, pero el agua viene de lejos. ‘Pluie’ dicen haciendo un gesto con los dedos apiñados, golpeando sobre la palma de la otra mano. ‘Pluie loin’. Señalan a las montañas. No vamos a mover la tienda, estamos vencidos.  Esperemos que no llueva.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s