Expedición al Sáhara Occidental. 2011. (9) Gueltas

logo para entradasLas pequeñas heridas van haciendo cada vez menos confortable el viaje. Arañazos, labios partidos, rozaduras, golpes, pies magullados. Resfriados que se van consolidando. Padrastros de los que se tira hasta deshacer los dedos. Son peajes habituales.

Esto se acaba. Hemos disfrutado de la última hoguera. Pensaba que no habría madera. En la zona de los gueltas -charquilones de aguas salobres que jalonan el curso de un oued– la vegetación escasea. Pero finalmente, entre todos, hemos logrado juntar en poco tiempo una considerable cantidad de madera reseca y nudosa.

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Soplaba aire. Migue ha dispuesto unas piedras de manera que las llamas no se desperdigasen.  Antes de cenar hemos rellenado los tanques de los coches de gasóleo. Nos queda algo más de una garrafa de agua. Haciendo las cuentas hemos salido a poco más de dos litros por persona y día. Incluyendo el lavar cacharros y una higiene mínima. Muy mínima.

Hemos pasado la tarde peinando este terreno de barrancos. Otra vez la fauna ha sido muy esquiva. Huellas de chacal y de gacela. Huellas y poco más.

Gerardo se ha apostado en lo alto de un cerro. Desde allí ha controlado un inmenso llano que se extiende hacia el sur. Prometedoras manchas de matorral. No ha querido desgastarse para hacer un último intento nocturno. De todas formas no cree que tenga muchas oportunidades. ‘Cada vez que llegamos a un sitio nos desplegamos y barremos todo el territorio en varios kilómetros a la redonda’ Dice Ángel. ‘Así que cuando salís de noche los bichos se han espantado’, argumenta. ‘Quizás para otra vez haya que cambiar el procedimiento. Acampar en un sitio y explorar otro. O soltar a Javi Chico y Gerardo, ya de noche, a varios kilómetros de donde hayamos estado, y tengan toda la noche para llegar al campamento’.

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Es así, a base de conclusiones obtenidas tras los fracasos, como se va perfeccionando la técnica de rastreo. Es así como se va conformando el embrión del próximo viaje. El Indio ya tiene en su cabeza las zonas que le parecen ser más dignas de ser transitadas. Yo, por mi parte, todo lo que sea seguir hacia el sur me parece bien. Este es un territorio inmenso.

Los gueltas no siempre sobreviven. Muchos son estacionales. Pisamos el légamo cuarteado. El suelo crujiente de sal. A veces un espesor cenagoso, con textura de chocolate líquido. Distintos estados de los elementos que conviven, según la topografía y la disposición de las sombras.

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Restos óseos de las tilapias que vieron como el sol fue menguando el reservorio de agua en el que vivían. Una casa cada vez más pequeña. Un techo cada vez más bajo. Una casa expropiada por la evaporación. No es cuestión del Euribor, sino de los grados Celsius. Dejaron los huevos enterrados en el fondo arcilloso. Las próximas lluvias traerán a la vida la siguiente generación.

Farallones entre los que sigue el oued. Estratos que parecen el espinazo del desierto. Magnífico relieve tabular que se tinta de obscenos naranjas cuando cae el sol.

La última noche en el desierto no es tan fría como las anteriores. Paso un rato leyendo una novela. Poniendo en orden las notas. Ha sido uno de los pocos días que he tenido tiempo. En todo caso el sueño me vence pronto. Apago el frontal. Me reacomodo entre el amasijo de jerseys, guantes, gorros, camisetas, que se han acumulado en la cabecera. Me escondo en el saco.

Mañana carretera y manta.

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Expedición al Sahara Occidental (8). Cavernas.

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Las cuevas están situadas en la parte más alta del páramo. Hay una buena vista desde allí. Javi Chico se estuvo entreteniendo en sacar restos. Excavó. Se coló hasta los recovecos más inaccesibles. Ayudado del frontal. Trajo al campamento una buena muestra de lo que devoran las hienas.

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Algunas de las cuevas están tapiadas. Cuenta Valverde en sus memorias que los oriundos del lugar utilizan estos huecos de las montañas para protegerse de la calorina. Se está mucho mejor que debajo de una acacia. Las cuevas están amuralladas de forma precaria, pero lo suficiente como para otorgar la autoría a un bípedo, más que a un cuadrúpedo.

Javi, el lamparones, quiere, además, enseñarnos las geodas incrustadas en los estratos. Hay algunas que han caído al suelo, rodando por la pendiente. Se pueden encontrar casi al pie de la montañita.

Después de una buena cosecha mañanera de pedruscos y huesos regresamos al campamento. Mi equipaje es cada vez más pesado. Se nota cada vez que hay que moverlo. ‘¡¿Pero que llevas aquí?!’ me espetan mis compañeros. ‘¿Piedras?’ preguntan con afán de cachondeo. ‘Pues sí, justamente. Piedras’. Tampoco destaca mucho entre los restos de huesos y cráneos que los demás esconden entre la ropa.

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Seguimos recorriendo territorio. Hoy buscaremos donde establecer el tercer campamento. Vemos restos de piconeras. Arbustos o árboles convertidos en trocitos de carbón. Se utiliza para cocinar, para calentar el agua del té. Para  quemar el tabaco de la narguila.

Detenemos los coches en un lugar que parece apartado y poco transitado. El viento dominante del norte va creando montoncitos de arena a sotavento, denominados rehba. Cada matorralito, cada resalte del terreno, tiene un testigo en forma de montoncito de arena. El viento viene del lado contrario.

El fenómeno se observa a simple vista. Pero si uno se agacha ve que también ocurre a escala de pedrusco. Micromontoncitos.

A ras de suelo el miope descubre más cosas. Las huellas de los insectos recuerdan caracteres sumerios. Los caparazones huecos de los escarabajos, decolorados. Desteñidos por el sol.

Las collalbas negras de Brehm no se dejan asustar. Dejan al caminante acercarse bastante. Saltan  de una rama a otra. Se paran. Te miran. Se dejan retratar.

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La lista de paseriformes ha ido aumentando. Cada noche los biólogos actualizan sus cuadernos. Por lo visto la alondra ibis es un gran avistamiento.

La mochila de ataque ha empezado a sufrir el desgaste. Sobresale un palo de su estructura. Llevaba días queriendo asomar y por fin ha cascado. ¿Pero tú que llevas ahí? Me pregunta Gerardo, el rey de lo escueto. Además de un par de botellas de agua y la comida llevo el jersey que me sobra por el día pero que es imprescindible al atardecer. Y la crema del sol. Y un mapa de Marruecos. Y pilas de repuesto. Y el frontal. ¡Ah! Y un par de libros. ‘¿Libros? ¿Para qué traes los libros? Los puedes dejar en el coche’, pregunta incrédulo. ‘Por si nos secuestran’ es mi respuesta. ‘Y llevo el cuaderno de notas. Imagínate que de repente, en este secarral me pilla de improviso la inspiración y se me ocurre la novela de mi vida.’

En lo más perdido del amplio llano aparece de repente un rebaño de ovejas. Ya la hemos jodido. ‘Hasta aquí hemos llegado. Mirala’ovehavieho’ dice el Indio en un perfecto granaino[1]. Si hay ovejas hay pastores. Y en consecuencia las gacelas estarán lejos. Abortamos la búsqueda por esa zona. A la sombra de una acacia, la única que encontramos, nos comemos unos pistachos. Es increíble que haya animales pastando por aquí. Apenas encontramos materia verde.

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Seguimos caminando. Nos volvemos a desenhebrar. Cada uno por un lado. Con sus pensamientos. Me paro a beber agua. Los pistachos me han dado sed. Y entonces aparece la música de viento. De la nada. El viento, casi imperceptible, le saca sonidos a la botella sin tapón.

Vuelve la noche sin darnos cuenta. Caen los días sin sentirlos. Hemos entrado en la atemporalidad. La lumbre lamiendo los resecos leños. El humo que impregna una y otra vez la ropa. La pipa caliente entre las manos. Las miradas perdidas en el fondo de las brasas. ‘Cómo se agradece la candela’ dice Bego. La candela. Me anoto la palabra. Llevo papelitos por los bolsillos en los que voy garabateando cosas.

Poco a poco vamos a las tiendas, aunque esta noche tres de los nuestros van a ver qué se ve. Por la tarde parte del equipo descubrió un oasis cerca del campamento, con sus tres palmeras. Es un buen lugar en el que poder ver cosas. Se han dedicado a colocar redes para ver si caían murciélagos (y luego soltarlos, claro). El atardecer lo hemos pasado allí. Yo llegué más tarde, después de ver la nota que dejaron en el parabrisas de uno de los coches. Los walkies no funcionaron. Probablemente estábamos demasiado distanciados.

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[1] Mira las ovejas, viejo

Expedición al Sáhara Occidental. 2011. (7) Piedras & arena

Me acuesto empapado de humo. Hoy ha sido la última noche del año. Por eso Bego y Migue han preparado un menú especial: puré de patatas y salchichas. No hay uvas, no hay campanadas. Hay cansancio y una charla distendida que cada poco es interrumpida por sonoras carcajadas.

Aunque la jornada estuvo dedicada a pistear, al final cayeron varios kilómetros andando por el pedregal. Llanos inmensos, aparentemente insulsos. En estos paseos uno suele quedar aislado. Los compañeros a la vista. Pero lejos. Quedan lejos. Así que tiendo a caer en la introspección. Me doy cuenta de que casi siempre llevo una piedra en la mano. Aquí hay muchas para elegir. Me obsesiona el sílex. Pedazos de piedra que parecen de plástico. Me sublima su tacto. La paso entre los dedos mientras camino. Cuando me canso la tiro y cojo otra. Hay miles.

Algunos de ellas talladas. Pasaron por las manos de nuestros antepasados. ¿De dónde salen las piedras? Parece que anduviésemos por estratos. El más superficial, el que constituye el suelo por el que caminamos, se va desmenuzando. Al contacto con la intemperie. Cambios frío/calor. Pero no solo eso. La sal, que abunda en el terreno –trasladada a superficie por los procesos de evapotranspiración y después extendida por el viento- tiende a meterse por los intersticios. Allí, disuelta en la humedad, corroe las rocas. A base de tiempo las va convirtiendo en pedacitos.

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Me percato de que siempre llevo algo en las manos. Lo contrario es sentirse desnudo. Herencia de portar eternamente algo. Un libro. Un cuaderno. Un balón de baloncesto. Ahora llevo piedras que se pueden olvidar, perder. Piedras milenarias.

Otra sensación que me gusta es el olor a naranja que queda en las manos. Mastico los gajos acompañados de pan. Pan con naranjas. El aroma cítrico, las manos pringosas. Me evoca el comedor del colegio. A la EGB. Así iba yo por el desierto. Masticando recuerdos. Recogiendo piedras. Quedándome con algunas que iban abultando los bolsillos laterales del pantalón. Piedras que jamás clasificaría.

Al día siguiente (año nuevo por cierto) abandonamos el campamento, no sin cierta inquietud. Las bolsas de basura colgadas de los árboles, para que no destripen su contenido las alimañas que tanto nos gustan. Vamos hacia el este, de nuevo. Aparece una pista de cierta entidad. Creemos que va hacia Tindouf. Cuando nos parece bien paramos. Echamos un vistazo con los telescopios. Los del techo van al tanto. Por si se viesen gacelas. Volvemos a parar. Echamos a caminar un rato. Es así, y sólo así, cuando la inspección puede resultar fructífera. Una huella. Un excremento.

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Topamos con otra partida de cazadores furtivos. Esconden los cañones, que sobresalían por las ventanas traseras. Nos preguntan a bocajarro. Que qué hacemos aquí. Que si tenemos permiso. No te jode. Encima tenemos que disimular y dar explicaciones. Hacernos los tontos. No, por aquí, de turismo, nos gustan los pajaritos. Pues necesitáis permiso, nos dice. Claro. Con su indumentaria oficial de agente forestal. El tipo corrupto enseñando a los cazadores donde hay presas. Aquí quinientos euros dan mucho de sí.

Siguen su ruta. Al poco escuchamos tiros. Liebres. Perdices. Antes nos han hecho algunas preguntas clave: que si hemos visto gacelas (sí a ti te lo vamos a decir) ‘¡Ah! ¿Pero aquí hay gacelas?’ respondemos, con cara de idiota. La otra, que si venía algún marroquí con nosotros. Asegurándose de que no hay testigos incómodos. Porque unos cuantos extranjeros desnortados pues vale, no pasa nada. Se vuelven a su país y listo.

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De vuelta al campamento se inicia el trasiego de cada día. Meter y sacar cosas de los equipajes. Por fin encuentro la crema de protección solar. Sigue sin aparecer la ropa de recambio. Ya otro día busco mejor.

Nos acercamos a un campo de dunas. Gerardo anda desesperado. Los paseos nocturnos están resultando sumamente infructuosos. Vemos más de día que de noche. La arena apilada por el viento nos da, mezclada con la ménguate luz vespertina, unas imágenes subyugantes. Arena apilada y moldeada. Rojiza. El estereotipo del desierto.

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Charlamos en la oscuridad de la tienda. Gerardo se acuerda de los saharauis. Le dijeron que no durmiésemos en los oued. Son peligrosos. Han visto más de treinta metros de agua, de lado a lado, arrasar con todo. Aquí puede que no llueva, dicen, pero el agua viene de lejos. ‘Pluie’ dicen haciendo un gesto con los dedos apiñados, golpeando sobre la palma de la otra mano. ‘Pluie loin’. Señalan a las montañas. No vamos a mover la tienda, estamos vencidos.  Esperemos que no llueva.

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