Expedición al Sáhara Occidental. 2011. (4) Empieza el desierto

En Tan-Tan compramos pan para varios días. La cuenta que inicialmente hicimos la corregimos a la baja. Nos salían unos 250 panes. A dírham[1] la pieza. Gerardo ha mostrado una sensatez irreprochable. Me ha sorprendido. Va a ser que ha madurado. Se ha casado. Ha sido padre. O al revés. Ya lo dijo en el coche: ‘si es que yo soy el más maduro de todos vosotros’. A lo que el Indio y Javi ─llamémosle el lamparones para diferenciarlo de Javi Chico─ han contestado con una sonora carcajada.

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El razonamiento de Gerardo se ha basado en la devaluación de la materia prima. Es cierto que ayer nos comimos cuarenta panes. Recién hecho. Crujiente. Hmmmm. Calentito.

Pero claro el pan se va a ir endureciendo. O le va a salir moho. En tres días vale menos que los bonos griegos. Así que hemos decidido comprar solamente cien panes. Antes de arrancar ya nos habíamos comido diez.

Esperemos que el hambre amaine. Migue se desespera. ‘Coño no comáis tanto, que nos van a sobrar todas la provisiones’.

Javi Chico , se ha apropiado del volante del Land Rover. A todos nos parece muy bien. El tío se ha echado un cafelito con su cigarrillo de liar. Sabe mucho este Javi.

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En M’Sied se acaba el asfalto. Nos frotamos las manos.

Esta mañana, antes de volver a meter las cosas en los todoterreno, aprovechamos para ir sacando los apechusques. Todos llevamos colgados los prismáticos y los GPS’s. A mano deben quedar las navajas, frontales, pilas de repuesto, cacao para los labios, escalímetros, bolis, cámaras de fotos y lo que cada uno considere.

A partir de aquí habrá que orientarse según el instinto, los accidentes geográficos y las pistas trazadas sobre los mapas sacados del Google Earth. Damos unos cuantos bandazos, que es lo suyo. Hasta que parece que tomamos una pista importante. Está flanqueada, cada cien metros o así, por unos mojones enormes. Son montañitas de arena. Es la ruta del Paris-Dakar.

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En la zona de M’Sied hay gacela de Cuvier. Así que ya estamos en terreno de avistamiento. Somos nueve pares de ojos escrutando el horizonte.

Transitamos pedregales. Al fondo se recortan páramos. Hacia ellos avanzamos. Buscamos sitios apartados. Lejos de rebaños y jaimas. Si hay gente hay escopetas. Y si hay escopetas hay menos fauna. Así que tiramos millas. Al final caemos en un oued[2] que nos parece bien. Metemos los coches bajo un escueto bosquete de acacias.

Empezamos a descargar. Este será el primer campamento base.

Migue va ordenando las cosas. Bego ayuda y soporta estoicamente esa letanía de: ‘Pero Bego, ¿para qué vienes? Si no vas a aguantar. Todo tíos. Tirándose peos (suena un cuesco que lo corrobora). Con lo bien que estarías en tu casa, calentica, con agua’.

Bego no se arruga. Se sonríe. Hace bien. Esta mujer es indestructible.

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Nos tiramos a las cajas de comida como salvajes. Nos metemos naranjas en los bolsillos. Comemos la morcilla que ha traído Gerardo. Insiste en ello: ‘Antes de que se eche a perder’. Engullimos pan alevosamente. Uno por cabeza. O más. Quedan unas ochenta unidades y bajando.

Por fin llega el momento del primer rastreo. Unos tiran oued arriba. Y otros oued abajo. Javi, el lamparones, ofrece una imagen que casi parece respetable. Como si supiese de lo que está hablando. Reparte el material para recoger excrementos. Da unas indicaciones de cómo hacerlo. Un profesional. Hasta que se le caen los sobres, se tira un pedo al agacharse para cogerlos y ya de pie se suena los mocos sonoramente, limpiándose los restos en el pantalón. Qué pena. El tío daba el pego.

El Indio siembra de cámaras trampa el recorrido. Se van comentando los hallazgos. Tomamos referencias en los GPS. Encontramos un pozo. Y avistamos una jaima. Muy cerca de nuestro campamento. Los camelleros se meten en todas partes.

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El otro grupo se encarga de poner trampas para micromamíferos. Embolsamos las primeras mierdas. A ver qué dice el laboratorio. De momento ni rastro de gacelas.

De vuelta en el campamento Bego y Migue montan la cocina. Algunos vamos a buscar leña.

En el campamento siempre hay cosas que hacer. Comprobar los coches. Meter y sacar cosas de las mochilas. Echar una mano con la cena.

Montamos las tiendas en el lecho del oued. Está un poco por debajo del llano y eso nos protegerá del viento, que empieza a soplar. Además el fondo arenoso es un colchón perfecto. Si hay una avenida de agua la hemos cagado, pero no tiene pinta.

Con las palas cavamos un hoyo en la arena. El Indio pone leña fina, luego una un poco más gruesa. Está seca. Muy seca. Son troncos casi fosilizados. Prende fácilmente.

La pasta con verduras que se marca el cocinero sabe a gloria al calor de la lumbre.

Gerardo no disfruta de ella. Antes cenó compulsivamente. Como hace él. Masticando treinta veces cada bocado. A toda prisa. Como si fuese un concurso. Se echó un plátano en el bolsillo y unos frutos secos. En diez minutos ya estaba en marcha de nuevo. Con su equipo de linternones y frontales. Deseando ir a profanar la oscuridad en busca de ojillos. Está en su salsa. No tiene tiempo para tertulias y cenas relajadas. ‘En estos llanos las linternas alcanzan mucho. A ver si hay suerte’.

Tras la cena me enciendo una pipa. A lo Gandalf. Con el extremo en llamas de una rama de acacia.

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¡¿Por qué hemos cambiado la tele por estos placeres?!

Esto que hacemos está prohibido en nuestro país. No se puede. Bueno, quizás pidiendo permisos y autorizaciones. Los avances de la civilización están bien. Pero es una pena haber perdido el privilegio de charlar en torno a una lumbre mientras se da cuenta de una buena pipa. Vivimos en una burbuja aséptica libre de bacterias y sensaciones.

Ángel, Jesús, Bego y Migue sacan sus cuadernos. En ellos empiezan a anotar cuidadosamente los hallazgos del día: calandrias, collalbas, tordino, perdiz moruna, un erizo. Cuadernos de naturalista alumbrados por las brasas. Cuadernos con sabor garabateados en la intemperie. Se comparten dudas y avistamientos. Se flipa. Se está a gusto. Y mañana más.

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[1] Más o menos 1 euro son diez dírhams. Así es que el pan, excelente, sale barato. En España, en cualquier lado, te clavan más de un euro por una barra de pan congelado recalentada en el horno de una gasolinera.

[2] Nombre árabe para designar los cauces secos. El sinónimo sería rambla.

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