Expedición al Sáhara Occidental. 2011. (6) El Regg Labyad

Según los últimos informes, Standard&Pool y Moody’s han rebajado la nota de calificación de nuestro stock de pan. Ya no tiene la triple A. Uno le da la AAB- y el otro ABB pero con tendencia negativa amortiguada.

Vamos, que el pan se está poniendo duro.

Javi Chico nos enseña una manera rápida de convertir los mendrugos de pan en algo exquisito. Con desparpajo los tira encima de las brasas y las cenizas. Nosotros, que los poníamos a calentar apoyándolos sobre ramas o piedras nos escandalizamos. Parece como si los quisiese utilizar de combustible. Pero no. Allí, en contacto directo con las brasas, reviven. Abriendo esos panes crujientes por la mitad y echándoles aceite de oliva y sal queda un desayuno inigualable.

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Javi, el lamparones, sigue durmiendo en el techo del land rover. Por eso de ver las estrellas. Así que suele ser el primero en levantarse, para ir cuanto antes a la hoguera y desentumecerse. ¿El primero? ¡No! Antes asoma el Indio, acostumbrado a los madrugones y la rasca.

Uno de los hallazgos de la jornada anterior no fue muy feliz. Encontramos los restos de una hoguera aún humeante. Al lado había una cola de gato montés, cortada hacía pocas horas. La red de pistas que descubrimos y los linternazos que vamos viendo por las noches nos permiten concluir que se caza de modo bastante activo. Eso cuadra también con los todoterrenos que avistamos. Todoterrenos lujosos. Gente de pasta que sabe lo que hace. Con rutas que pasan por todos los puntos de agua que hemos ido encontrando. Saben a lo que van. A sorprender a los animales cuando van a beber. Tiran a lo que sea. Perdices, liebres, gato montés. El premio gordo es la gacela, pero todo vale.

La lumbre se va tragando los desperdicios que vamos generando. Es muy voraz. Cuando uno pasa por al lado va echando la morralla que ha acumulado en los bolsillos. La hoguera, aparentemente adormecida, responde con un par de llamas, celebrando que alguien haya echado un pañuelo, el envoltorio de un chicle o las pelusas que se acumulan en las tiendas.

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Mientras el Indio y Jesús han ido a retirar las cámaras-trampa los demás desmontamos el campamento. Rehacemos las mochilas, volvemos a meter los bidones de agua en el Toyota, las cajas de comida. Los que más trabajan con Bego y Migue, al tanto de la logística, pendientes de la ubicación más eficaz. Haciendo un puzle tridimensional cada día.

El plan para hoy es seguir rumbo este y buscar un lugar que nos parezca bien en el Regg Labyad. Aquí vamos a encontrar arena, incluso campos de dunas, un hábitat mucho más adecuado para el gato de (adivinen) las arenas. Antes de salir detectamos dos águilas reales. Ángel y Jesús, que no paran de otear el horizonte con sus prismáticos, han visto algo. Enseguida hemos desplegado toda la artillería óptica que traemos y con gran pericia los expertos han encontrado el nido en un roquedo.

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Así da gusto. Es impresionante lo que esta gente es capaz de detectar. Si yo fuese solo por aquí me llevaría la sensación de que esto es un pedregal vacío. Pero con los harmusch la cosa cambia: ‘Mira’, te dicen ofreciendo el telescopio, y perfectamente enfocado, en el centro del objetivo, está el águila.

Javi Chico adora conducir por el desierto. Va feliz. En su salsa. Los del techo se agarran como pueden a las barras de la baca. Pasamos rebaños de camellos. Las madres interponen su cuerpo entre los coches y su cría. Da igual que vayas para adelante o para atrás intentando sacar una foto de madre e hijo. La madre siempre delante. Siempre protegiendo. Con lo único que tiene. Su cuerpo. Su vida.

Encontramos varios asentamientos de pastores a lo largo del camino. Casi todos muy provisionales. Otros parecen más estables. Junto a estos últimos hay pozos y aljibes de reciente construcción. Toda el agua que se saca del subsuelo es en detrimento de las acacias.

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Los cuervos saharianos levantan el vuelo cuando pasamos junto a la carroña que trabajan. ‘Buena señal’, dice Ángel. Si hay cuervos es que no ponen veneno’, aclara. ‘¿Y cómo es eso?’, le pregunto. ‘Los cuervos son los primeros en desaparecer, porque son los únicos que encuentran todas las carroñas. Si de manera habitual se ponen cebos envenenados los cuervos serían los más afectados. La presencia de cuervos indica que el uso del veneno no está extendido por la zona’.

Una vez más me doy cuenta que ir a buscar bichos parece un juego de detectives. Hay que estar atento a cualquier detalle. Leer el paisaje. Anotar cada suceso, por insulso que parezca.

Tengo la sensación de que los días se nos escurren entre las manos. Pasan sin notarse. Ya está atardeciendo. Necesitamos buscar un lugar en el que pasar la noche. Encontramos uno al pie de un relieve interesante, peculiar, que nos puede ser útil para localizarlo desde lejos.

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Dejamos los coches en unas raquíticas sombras. De nuevo volvemos a fragmentarnos y desperdigarnos: parecemos una rehala de sabuesos que sale desaforada en cuanto le abren la puerta. Husmeamos todo lo que podemos. Enseguida hay alguno que ha empezado a trepar la paramera. Otro que busca excrementos de guepardo en lo alto de las acacias. Otros se meten por el oued. Otros colocan las trampas para micromamíferos. La actividad es febril. Aquí no se está quieto ni dios. Ni tampoco Alá.

A las tantas, cuando estamos poniendo en la lumbre unas patatas, llega Javi Chico, que es el que se fue por la paramera. Es noche cerrada. Empezábamos a preocuparnos. Nos cuenta su último hallazgo. Un camello muerto. Recién parido. La madre dando vueltas en torno al cadáver, nos cuenta. Desesperada. Para evitar que den cuenta de él los carnívoros. Los hambrientos chacales. Los cuervos.

Es cruel. Es brutal. Es la naturaleza. Proteína que circula constantemente.

Al minuto de la noticia un coche sale a toda velocidad. Ángel y Javi, el lamparones, se aferran como pueden a la baca. Focos, linternas y frontales barren el llano. En busca de ojos. Vamos a buscar el camello muerto, un sumidero de carnívoros. Una cámara trampa colocada allí puede dar mucha información. ‘¡Allí, allí, tío!’ exclama Gerardo. Experto en avistamientos nocturnos ya ha detectado unos ojillos. ‘Dale tío, dale’ Le espetamos al conductor.

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El coche empieza a bandear. A coger velocidad. Alguien saca la cabeza por la ventanilla y les dice a los de arriba: ‘¡Agarraos!’. ‘Dale, Javi, dale’. ‘¿Más?’, responde algo incrédulo. Mientras el zorrillo a toda pastilla dando unos requiebros que nos hacen variar el rumbo contantemente. Javi Chico, que también quiere ver al cánido. ‘Tú mira para adelante que nos vamos a dar una hostia’. ‘¡Y acelera coño!’. Entonces retador, responde: ‘¿De verdad me dais permiso para ir más rápido? Vale’ –se contesta él mismo. Y entonces sí. Empezamos a acortar distancias. Y a notar los golpes de los de arriba, que las deben estar pasando canutas.

Vemos al zorro de Rüppel a placer. Perfecto. Con la punta de la cola blanca. ‘Para, para, que lo revientas’.Bajamos el ritmo, y el zorrillo se diluye en la noche. Seguirá buscando gerbos.

Por fin retomamos la ‘ruta’ y llegamos al camellito muerto. La placenta ya ha desaparecido. Y los cuartos traseros. La madre se ha perdido en la oscuridad. Consciente de que no había nada que hacer. Se ha alejado de allí. Al menos no ver cómo desgarran el cadáver de su hijo. Como los cuervos le picotean los ojos.

Vaga la camella en la noche sahariana. Vaga sola, desconcertada. Llora. Las lágrimas se filtran en el pavimento del desierto. Pedregales silenciosos. No tiene más remedio que seguir adelante.

La vida es una lucha a muerte.

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Expedición al Sáhara Occidental. 2011. (5) En busca de gacelas

Harmusch gacela‘No hay ni rastro de ellas’, decía Javi (el lamparones). ‘Ni una puta cagada, ni una huella, nada’ Corroboraba Migue. ‘Tenemos que tirar para aquellos barrancos. Puede que quede gacela de montaña, la de Cuvier. Allí no llegan los landrover’, proponía el indio.

Todas estas cosas se hablaban al calor de los restos humeantes de la hoguera. Las brasas parecían recobrar vida. Unas cuantas ramas secas y algo más de movimiento y tendríamos un fueguecillo al que arrimarnos. La noche había sido muy fría. Pasé un mal rato antes de que amaneciese. Esta vez me había quitado los pantalones. Ya tenían demasiada suciedad y quería preservar el interior del saco más o menos limpio.

‘Hombre, mira quien viene por allí, a ver que se cuenta’, anunció Bego ante la llegada de Gerardo. ‘¿Qué?’ preguntamos todos a coro. ‘Nada tíos. Toda la noche pateando y me encuentro con el sempiterno zorro rojo, el que veo siempre en España’. ‘Es lo que estábamos diciendo, que está muy vacío’, dijo Ángel. ‘Pero tampoco se ven cartuchos, quizás los bichos hayan desaparecido hace años’ aventuró Jesús.

‘Pero hay huellas. No de gacela pero sí de otras cosas. Vamos para las montañas, a ver que dicen’. Sentenció el Indio.

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Aquí hay que estar siempre a punto para salir. Conviene tener en la mochila de ataque algo de agua y de comida. Ropa de abrigo y una gorra para el calorazo. Frontal y pilas por si te sorprende la noche. El GPS. En fin, casi todo.

El Indio se puso en marcha. Es siempre el primero en estar operativo. Dijo que andaría despacio, hacia el primer cerro. Recorrería su base. Después decidiría que hacer. Así que tenía un kilómetro para preparar las cosas. Me puse las lentillas mirándome en el espejo retrovisor del coche. Soy un experto en la materia. Me pongo y quito las lentillas en un periquete. Antes me lavo las manos con jabón antibacteriano, uno especial que utilizan los cirujanos para operar. Las manos. Eso es lo único que me voy a lavar en todo el viaje.

Javi Chico también venía. Se le ve lejos aun. Ya estoy dando alcance al Indio que, efectivamente, va despacio, escrutando arbustos, piedras, oquedades del terreno.

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Por fin nos juntamos los tres. Vamos separados unos metros. Barriendo la pendiente de la montaña. El Indio casi en el llano, yo a media altura, y Javi más arriba.

Cuando hace cumbre nos llama por radio. Cada grupo lleva un walky talky. Nos permite coordinarnos y dar aviso de hallazgos importantes. Javi Chico nos dice que va a seguir cresteando. Nos encontraremos en la cabecera del barranco.

El resto del grupo va a explorar la zona que queda al este del campamento. Pero en vez de seguir el oued, como ayer, se va a meter por los barrancos y montañas que lo limitan al norte. Puede que todos nos acabemos encontrando. O puede que nos veamos esta noche en el campamento. La hora no se sabe.

Gerardo, después  de estar toda la noche dando bandazos, se ha quedado guardando el campamento. Su idea es descansar y esta noche volver a la carga. Es noctámbulo, como los felinos.

Damos con el primer rastro fiable de gacelas. Un amontonamiento de excrementos redondos que en el argot se denominan ‘conguitos’. Entonces comienzan una serie de operaciones que se repetirán hasta la saciedad durante los próximos días: georreferenciar el rastro, fotografiarlo, medirlo, recoger muestras, meterlas en un sobre de papel, sin tocarlo directamente –puede perjudicar al análisis genético-, anotar en el sobre la coordenada, la fecha y el nombre de la especie que se cree que puede ser.

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Vamos atravesando la red hidrográfica de ramblas y barrancos generada cuando aquí llovía en abundancia. Estos recovecos del terreno esconden una vegetación rala, salpicada de acacias. Siguiendo el reguero de vegetación las gacelas progresan por los barrancos. Así viven, por este amplio territorio, buscando briznas de yerba tierna. Brotes de los que alimentarse. Recorren decenas de kilómetros. Saltan con facilidad de un barranco a otro. Se esconden de los motores que escuchan en la lejanía. Suponen que viene a por ellas. Que esos bípedos se han entusiasmado tanto con sus cuernos, pieles y huesos que no van a parar hasta que no quede ni una.

Por eso es tan complicado verlas. Y hazle tú entender que nosotros solo queremos tirar fotos. Y ni siquiera eso. Nos basta con admirar como se mueven por el paisaje. El Indio está contento. Hay muchos rastros. Parece que hay una población estable de gacela de Cuvier en esta zona.

Una de las cosas que he olvidado en la mochila grande es la crema solar. Me estoy tostando a fuego lento. Las horas transcurren muestreando. Subimos por un oued que se va estrechando. Al final trepamos por los estratos. Una estructura hojaldrada quebradiza. Asoman fósiles. Playas congeladas en el tiempo. Por fin hacemos cumbre y vemos la silueta de Javi Chico.

Llega hasta nuestra posición y nos da cuenta de los otros. Hace un rato que habló con ellos por radio. También han encontrado letrinas de gacela. Y huellas probablemente de hiena. El desierto va hablando.

La jornada se extiende. Los jbeles que caminamos esconden más sorpresas: los restos óseos de un camello y su cría, el cuero duro y correoso del lagarto de cola espinosa, casquillos de balas, espoletas de mortero, huellas de chacal, obuses, un cuerno de gacela, otro de arruí.

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Llegamos al campamento atardeciendo. Allí hay tres saharauis. Tres tíos con turbante y chilabas mugrientas. Ni rastro de Gerardo. Nos mosqueamos. Nos saludan muy ceremoniosamente. Hablamos por señas. Gritando cada uno en nuestro idioma. Pensando que el otro, más que no saber la lengua, es sordo.

La tensión se masca. Reviven en nosotros todos esos secuestros que últimamente se están produciendo no muy lejos de aquí. Todas esas reprimendas gratuitas que nos han caído en casa. ‘Es que mira donde vais. Es que no teníais otro sitio. Es que un día os va a pasar algo’.

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Hasta que aparece Gerardo. Y ya solo quedan dos saharauis. Le quedaba bien el disfraz. Nos cuenta que ha tenido que darles conversación todo el día. Con lo poco que le gustan a él estos asuntos étnico-antropológicos.  Le han inflado a té. Gerardo, que con un té puede estar con los ojos como platos un par de días. Como se ha tomado ocho no creo que pegue ojo hasta que volvamos a Algeciras.

Los saharauis, que habitan la jaima que vimos ayer, han venido a ver si tenemos manera de hinchar las ruedas de su todo terreno. Un Land Rover Santana. Son duros estos coches. Lo menos tiene 30 años. Y ahí siguen. Es el utilitario por excelencia del buen camellero. Un vehículo resistente, con capacidad para cinco saharauis con bigote y dos o tres camellos en la caja de atrás. Un portento.

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Gerardo ha visitado su jaima. Una pasada, dice. Parece mentira que quepan tantas alfombras dentro. Nos ha enseñado unas fotos que ha hecho y es un palacete. Además ha aprovechado para preguntarles sobre la abundancia de fauna en la zona y qué especies hay. Lo malo es que no tenía la guía a mano para ir mostrando dibujos. Pero a base de Pictionary ha creído entender que hay gacela y gatos.

Con el compresor de veinte euros que compramos en los chinos de Albolote les ponemos el vehículo a punto. En agradecimiento nos invitan a un té. A todo esto han ido llegando los de la otra partida. Mucho que hablar esta noche en la tertulia. Bego y Migue, después del palizón, se ponen con entusiasmo a preparar la cena. Todos estamos ‘hechos pedazos’, como dice el Indio. Javi Chico se lía parsimoniosamente otro cigarrito. Yo no tengo más remedio que encender la pipa.

Queda poca leña. Las llamas declinan. Quedamos hipnotizados ante los tonos naranjas que caracolean en las brasas. Hasta que Javi, el lamparones, rompe el hechizo con una sonora ventosidad. ‘Migue, ¿qué le has echado a las alubias?, trata de justificar.OUED AFRAA-9 con logo

En este ambiente se entreveran risas y detalles de avistamientos. Se preparan planes y se muestran fotografías de huellas para ver qué opina el compañero. Nos vamos retirando. Gerardo va a su tarea. Buscar gato de las arenas. Uno de los felinos que le falta en su colección de avistamientos. Jesús y Ángel apuntan metódicamente en sus cuadernos.

Como solo hemos hecho 23 kilómetros sobre pedruscos Javi Chico y yo decidimos dar una vueltecita. Nos subimos a lo alto de un cerro. Un buen lugar para hacer una espera. Vemos luces en la lejanía. Linternazos que iluminan el cielo. Haces perdidos. ‘Ese es Gerardo’, digo yo. ‘Pero esas otras luces no. Están detrás de las montañas’, puntualiza Javi.

Llegamos al campamento. Me vuelvo a meter al saco con la misma ropa con la que salí de Almería. Antes me quito las botas, todo un detalle. ‘Hijo, ¿cuándo vas a cambiar? Que ya tienes una edad’.

Tarde, ya es muy tarde.

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Expedición al Sáhara Occidental. 2011. (4) Empieza el desierto

En Tan-Tan compramos pan para varios días. La cuenta que inicialmente hicimos la corregimos a la baja. Nos salían unos 250 panes. A dírham[1] la pieza. Gerardo ha mostrado una sensatez irreprochable. Me ha sorprendido. Va a ser que ha madurado. Se ha casado. Ha sido padre. O al revés. Ya lo dijo en el coche: ‘si es que yo soy el más maduro de todos vosotros’. A lo que el Indio y Javi ─llamémosle el lamparones para diferenciarlo de Javi Chico─ han contestado con una sonora carcajada.

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El razonamiento de Gerardo se ha basado en la devaluación de la materia prima. Es cierto que ayer nos comimos cuarenta panes. Recién hecho. Crujiente. Hmmmm. Calentito.

Pero claro el pan se va a ir endureciendo. O le va a salir moho. En tres días vale menos que los bonos griegos. Así que hemos decidido comprar solamente cien panes. Antes de arrancar ya nos habíamos comido diez.

Esperemos que el hambre amaine. Migue se desespera. ‘Coño no comáis tanto, que nos van a sobrar todas la provisiones’.

Javi Chico , se ha apropiado del volante del Land Rover. A todos nos parece muy bien. El tío se ha echado un cafelito con su cigarrillo de liar. Sabe mucho este Javi.

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En M’Sied se acaba el asfalto. Nos frotamos las manos.

Esta mañana, antes de volver a meter las cosas en los todoterreno, aprovechamos para ir sacando los apechusques. Todos llevamos colgados los prismáticos y los GPS’s. A mano deben quedar las navajas, frontales, pilas de repuesto, cacao para los labios, escalímetros, bolis, cámaras de fotos y lo que cada uno considere.

A partir de aquí habrá que orientarse según el instinto, los accidentes geográficos y las pistas trazadas sobre los mapas sacados del Google Earth. Damos unos cuantos bandazos, que es lo suyo. Hasta que parece que tomamos una pista importante. Está flanqueada, cada cien metros o así, por unos mojones enormes. Son montañitas de arena. Es la ruta del Paris-Dakar.

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En la zona de M’Sied hay gacela de Cuvier. Así que ya estamos en terreno de avistamiento. Somos nueve pares de ojos escrutando el horizonte.

Transitamos pedregales. Al fondo se recortan páramos. Hacia ellos avanzamos. Buscamos sitios apartados. Lejos de rebaños y jaimas. Si hay gente hay escopetas. Y si hay escopetas hay menos fauna. Así que tiramos millas. Al final caemos en un oued[2] que nos parece bien. Metemos los coches bajo un escueto bosquete de acacias.

Empezamos a descargar. Este será el primer campamento base.

Migue va ordenando las cosas. Bego ayuda y soporta estoicamente esa letanía de: ‘Pero Bego, ¿para qué vienes? Si no vas a aguantar. Todo tíos. Tirándose peos (suena un cuesco que lo corrobora). Con lo bien que estarías en tu casa, calentica, con agua’.

Bego no se arruga. Se sonríe. Hace bien. Esta mujer es indestructible.

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Nos tiramos a las cajas de comida como salvajes. Nos metemos naranjas en los bolsillos. Comemos la morcilla que ha traído Gerardo. Insiste en ello: ‘Antes de que se eche a perder’. Engullimos pan alevosamente. Uno por cabeza. O más. Quedan unas ochenta unidades y bajando.

Por fin llega el momento del primer rastreo. Unos tiran oued arriba. Y otros oued abajo. Javi, el lamparones, ofrece una imagen que casi parece respetable. Como si supiese de lo que está hablando. Reparte el material para recoger excrementos. Da unas indicaciones de cómo hacerlo. Un profesional. Hasta que se le caen los sobres, se tira un pedo al agacharse para cogerlos y ya de pie se suena los mocos sonoramente, limpiándose los restos en el pantalón. Qué pena. El tío daba el pego.

El Indio siembra de cámaras trampa el recorrido. Se van comentando los hallazgos. Tomamos referencias en los GPS. Encontramos un pozo. Y avistamos una jaima. Muy cerca de nuestro campamento. Los camelleros se meten en todas partes.

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El otro grupo se encarga de poner trampas para micromamíferos. Embolsamos las primeras mierdas. A ver qué dice el laboratorio. De momento ni rastro de gacelas.

De vuelta en el campamento Bego y Migue montan la cocina. Algunos vamos a buscar leña.

En el campamento siempre hay cosas que hacer. Comprobar los coches. Meter y sacar cosas de las mochilas. Echar una mano con la cena.

Montamos las tiendas en el lecho del oued. Está un poco por debajo del llano y eso nos protegerá del viento, que empieza a soplar. Además el fondo arenoso es un colchón perfecto. Si hay una avenida de agua la hemos cagado, pero no tiene pinta.

Con las palas cavamos un hoyo en la arena. El Indio pone leña fina, luego una un poco más gruesa. Está seca. Muy seca. Son troncos casi fosilizados. Prende fácilmente.

La pasta con verduras que se marca el cocinero sabe a gloria al calor de la lumbre.

Gerardo no disfruta de ella. Antes cenó compulsivamente. Como hace él. Masticando treinta veces cada bocado. A toda prisa. Como si fuese un concurso. Se echó un plátano en el bolsillo y unos frutos secos. En diez minutos ya estaba en marcha de nuevo. Con su equipo de linternones y frontales. Deseando ir a profanar la oscuridad en busca de ojillos. Está en su salsa. No tiene tiempo para tertulias y cenas relajadas. ‘En estos llanos las linternas alcanzan mucho. A ver si hay suerte’.

Tras la cena me enciendo una pipa. A lo Gandalf. Con el extremo en llamas de una rama de acacia.

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¡¿Por qué hemos cambiado la tele por estos placeres?!

Esto que hacemos está prohibido en nuestro país. No se puede. Bueno, quizás pidiendo permisos y autorizaciones. Los avances de la civilización están bien. Pero es una pena haber perdido el privilegio de charlar en torno a una lumbre mientras se da cuenta de una buena pipa. Vivimos en una burbuja aséptica libre de bacterias y sensaciones.

Ángel, Jesús, Bego y Migue sacan sus cuadernos. En ellos empiezan a anotar cuidadosamente los hallazgos del día: calandrias, collalbas, tordino, perdiz moruna, un erizo. Cuadernos de naturalista alumbrados por las brasas. Cuadernos con sabor garabateados en la intemperie. Se comparten dudas y avistamientos. Se flipa. Se está a gusto. Y mañana más.

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[1] Más o menos 1 euro son diez dírhams. Así es que el pan, excelente, sale barato. En España, en cualquier lado, te clavan más de un euro por una barra de pan congelado recalentada en el horno de una gasolinera.

[2] Nombre árabe para designar los cauces secos. El sinónimo sería rambla.

Expedición al Sahara. 2011. (3) Al sur, siempre al sur

Logo sombraMe perturba el sonido de un motor. Estoy metido en la crisálida de plumas que es el saco. Completamente encerrado. Con ropa. Todo. Menos los zapatos. No puedo pensar en la posibilidad de salir de allí. Pero se oye movimiento. El motor en marcha. No sé cuánto tiempo llevará encendido. También oigo cremalleras que se abren o cierran. Pasos. Abrir y cerrar puertas.

La última vez que saqué la cabeza estaba muy oscuro. Y todo mojado. Incluyendo parte del saco. Al ovillarme, un lateral quedó fuera de la protección del doble techo de la tienda que me había echado por encima. He escuchado como gotean los árboles. Tengo el pelo algo húmedo. No quiero salir de este refugio cálido.

Por fin me decido a sacar una mano. Palpo entre el revoltijo de cosas que dejé anoche. Anoche significa hace un par de horas. Localizo las gafas. Los zapatos. Con todo el dolor de mi corazón me incorporo. Me duele todo. No puedo abrir los ojos.

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‘Vamos, que solo nos quedan mil kilómetros’, dice alguien.

Medio saco está empapado. Por eso he pasado tanto frío. Los del techo están peor. Más tiesos que la mojama tratan de bajar por la escalerilla. Los que mejor han pasado la madrugada son los que han dormido en tienda. Los del coche no pasaron frío, pero están doblados como un acordeón.

Guardamos las cosas de cualquier manera. Tenemos prisa, hambre y frío. Tiendas y sacos quedan hechos un burruño. Rellenando los resquicios que quedan entre las mochilas, los trípodes, las cajas de provisiones. Se irán secando durante el viaje.

Abandonamos el alcornocal de la Mamora y retomamos la autopista de peaje. Durante 300 km atravesamos el cinturón agrícola de Marruecos. Verdes campos vigilados por aguiluchos en busca de roedores. El paisaje se va tornando parduzco a medida que destruimos kilómetros dirección sur.

Al sur, siempre hacia el sur.

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A medida que entramos en calor nos vamos deshaciendo de capas de abrigo. Los jerseys, gorros y forros polares van a parar, tarde o temprano, al maletero. Siempre hay un hueco donde ir encajando las cosas.

El suelo del Land Rover se va llenando de mondaduras de fruta, papelitos de distinta procedencia, botellas vacías, migas. La mierda ya no nos abandonará.

Cerca de Marrakech avistamos el Atlas. Maravillosas paredes nevadas. Cuatro miles que quedan para otra ocasión.

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Los tonos verdes empiezan a ser un recuerdo lejano. En lugar de campos de cultivo, rebaños de ovejas primero y de cabras después; se empecinan en sobrevivir a base de correosas materias ocres que exprimen con sus molares.

En Agadir se acaba la comodidad de la autovía. Otro saltito hacia la precariedad. En Tiznit nos aprovisionamos de pan recién hecho, frutas, verduras y agua. Llevamos seis bidones de 25 litros cada uno, pero resultan inaccesibles. Están detrás de las cajas de comida, sepultados bajo las tiendas de campaña y mochilones. Así que para manejarnos en los coches compramos garrafas y botellas.

Cruzamos ciudades de perfil aburrido y monótono. Parecen dibujos pintados por un niño. Formas rectangulares más o menos iguales. Con cuadraditos negros que representan ventanas. Figuras coloreadas en tonos salmón, ocres. Procurando no salirse de los bordes. Queda un dibujo inconcluso, desigual.  Así es Guelmin. Y Bouizakame. Ciudades a medio hacer.

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El largo viaje sirve para ponernos al día y desarrollar los temas que nos traen a tierras tan lejanas: la amenaza de extinción de las distintas gacelas del Norte de África. En las memorias de Valverde[1] se detalla la biología de estas especies así como su aniquilamiento. La proliferación de rifles y todo terrenos ha provocado el acoso y derribo de la gacela dama (extinta en libertad) y la casi total desaparición de la gacela Dorca en el Sáhara occidental. A la gacela de Cuvier no es que le haya ido muy bien, pero al habitar montañas, roquedos y barrancos, es más difícil perseguirla.

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La base de la extinción se fraguó a partir de los años cincuenta. Entonces se podían ver unas 7 gacelas por cada kilómetro recorrido. Servían de rancho a la tropa. Había tantas que se ametrallaban los rebaños. Incluso el propio Valverde las incluía en el menú de las expediciones. Después, a medida que fueron escaseando, la caza se hizo más difícil. Era un reto. La tecnología, mal utilizada, diezmó las poblaciones. Los todoterreno permitían perseguirlas en los inmensos llanos hasta agotarlas. A pocos metros, se les daba el tiro de gracia. De nada servía que las gacelas empezasen a correr varios kilómetros antes. No tienen nada que hacer ante la tenebrosa perseverancia del ser humano, equipado con fusiles de precisión, prismáticos y gasolina.

Valverde, viendo el percal, advirtió de la necesidad de crear un lugar en el que salvaguardar alguno de estos ejemplares. Año tras año las poblaciones declinaban dramáticamente. Así nació el refugio de fauna sahariana que dio origen a la Estación Experimental de Zonas Áridas del CSIC, en Almería (inicialmente llamado Instituto de Aclimatación de Almería[2]).

Junto a la Alcazaba, en la finca experimental ‘La Hoya’, están las instalaciones en las que se cuidan los ejemplares de especies antes abundantes. La idea es volver a reintroducirlas en su medio y para ello hay en marcha distintos proyectos.

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Pero es complicado. Las gacelas son un reclamo muy suculento para cazadores que quieren su  cornamenta en las chimeneas de sus casas. Parece ser que es un indicador de lo poderoso que es uno y deslumbra a las visitas más ilustres. Además para la población local es también un símbolo de poder servirlas en los banquetes de boda. Para agasajar. Para presumir. ¡Cuánto daño hace el ego coño!

Aunque las especies están protegidas, incluidas en todas las listas rojas, se siguen cazando. La impunidad en el Sáhara es total.

Más allá de la visión conservacionista, extremadamente conservacionista, de mis compañeros de viaje yo me pregunto qué pensarán los cazadores del asunto. Aun considerando la opción de que matar bichos produzca satisfacción y te permita subir escalafones en la sociedad, ¿no sería mejor dejar algunos vivos para poder seguir cazando?

Por lo que me cuenta Teresa[3], el Indio y lo que expone Valverde los cazadores no piensan en estas cuestiones tan ‘profundas’. Disparan. Les gobierna el principio de Hardin, el de la tragedia de los comunes: si no mato yo esa gacela, la va a matar otro. Y también esa otra ley no escrita que dice que la Naturaleza es inagotable, y ya proveerá más gacelas. Y si no lo hace que se joda y que desaparezcan las gacelas, que habrán demostrado no haber estado a la altura de las circunstancias. Tenían que haber mutado y desarrollado una piel a prueba de balas.

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Como sólo hemos hecho unos 900 km decidimos tomar una pista incierta que debería llevarnos a la desembocadura del Draa. Todos estamos deseando meternos en faena y avistar fauna. Así que seguimos las indicaciones del GPS de Ángel.

Topamos con unos ojillos. Un gato montés. Antes los del Toyota han visto un par de ellos cruzarse en la carretera. Y un zorro de Rüppel, especie característica de estas latitudes.

Pero lo que a mí me gusta más es el gerbo. Un ratoncito de cola larga que da unos saltos explosivos. Parece una caricatura. Aturdido por los focos lo capturamos para hacerle unas fotillos.

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Es noche cerrada. La pista se hace interminable. Decidimos parar y acampamos. Esta vez de forma algo más ordenada. Aunque los Javis se empeñan en dormir en la baca de nuevo.

Cenamos cualquier cosa. Sobre todo pan. Un poco de fuet. Fruta. En unas horas nos pondremos de nuevo en marcha. Y mañana sí. Mañana estaremos en el desierto. Lejos de carreteras y ciudades.

[1] 2004. Memorias de un biólogo heterodoxo. Tomo III Sáhara, Guinea, Marruecos. Editorial Quercus V&V.

[2] Desde entonces hasta hoy Mar Cano ha estado al pie del cañón. Fue una de las pioneras en conservación de especies amenazadas y su encomiable labor y buen hacer queda registrado en las memorias de Valverde (véase página 159 y siguientes del mencionado volumen).

[3] Teresa Abáigar es también investigadora de la EEZA y junto a Mar cano se dedica a la Conservación de Especies Amenazadas. Actualmente llevan a cabo el Proyecto de reintroducción de la gacela dorcas (Gazella dorcas) en Senegal.

Expedición al Sáhara Occidental. 2011. (2) Cruzando el Estrecho

LOGO Harmusch gacelaLa caja de mantecados y el turrón procedían de la cesta de Navidad que Manolo le había regalado al Indio. Iba a ser un detalle para adornar la Nochevieja, que pasaríamos tirados en algún lugar del desierto.

Apenas llevábamos cien kilómetros y todos devorábamos mantecados y dábamos mordiscos a las duras tabletas de guirlache. Era la hora de comer. El desayuno era un recuerdo lejano y por allí no había ningún lugar en el que echar un bocadillo. Además las provisiones las llevaba el otro coche, el Toyota Hilux, que ya venía a nuestro encuentro.

La aventura nos había sorprendido antes de tiempo. Estábamos en el peaje de Torremolinos. En la Autopista del Sol. Viendo como los coches se detenían, apoquinaban, y rehacían su marcha. Un coche. Otro coche. Otra barrera que sube y baja. Otros tres ochenta para la hucha. Uno y otro. Y una hora y otra. Y otro polvorón.

Se había roto el embrague. Fue al tratar de meter primera para acercarnos a la barrera cuando el coche no quiso responder. Pensábamos que era Javi, bromeando. ‘Qué no tío, que es en serio, ¡que no puedo meter primera!’. Apagó el coche. Volvió a encenderlo. Nada. Una y otra vez. ‘¡Me cago en la puta!’ exclamó el Indio. ‘Otra vez’ remaché yo. Mientras empujábamos el Land Rover hasta llevarlo a la cuneta.

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Los coches habían salido inicialmente de Jaén. Uno fue hacia Granada, para recogernos al Indio y a mí. El otro pasaba por Córdoba, donde se subió Gerardo. Antes ya se habían colocado en su sitio los colegas que venían de Castilla-La Mancha, Ángel y Jesús, y el núcleo logístico de la expedición: Bego, Migue y Javi.

Cuando ocurrió la avería, el coche de Córdoba iba por delante, así que tuvo que darse la vuelta para llegar de nuevo al peaje. Javi andaba de gestiones por teléfono. El problema era que necesitábamos la carta verde para circular por Marruecos; no nos valía cualquier vehículo. Deberíamos esperar a ver qué podían hacer en la agencia, Bujalcar, que siempre tenía un trato de favor con nuestras locuras.

Por fin nos anunciaron que tendríamos un nuevo Pathfinder. Lo celebramos y aprovechamos, ya que estábamos todos juntos, para echar un vistazo a los mapas y el recorrido que el Indio proponía hacer.

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Después de liquidar la caja de polvorones, un par de tabletas de turrón y de fumarme las primeras pipas llegó el ansiado coche. Si lo hacíamos bien aun quedaba la posibilidad de embarcar y cruzar el estrecho. Y hacer noche en el alcornocal de la Mamora, en Kenitra.

Todo es aventura. Todo es viaje. Incluyendo al disco del embrague. Incluyendo las cuatro horas de espera bajo el cartel de prohibido estacionar. Incluyendo la entrada al polígono de Palmones para comprar los billetes del ferry. Y el dedito de anís el mono con el que te obsequian. Y la entrada al puerto –un batiburrillo de luces, vapores y estructuras le dan aspecto de feria. Y hacer fila con el coche, metiendo el hocico para que no se te cuele el de al lado. Todo para tener un hueco en el ferry. El único que ha salido en todo el día. Hubo levante. ‘Tenemos que cruzar y llegar a la Mamora viejo’, sentenció el Indio.

La espera en Tánger es tremebunda. Menos mal que cenamos en el barco. Yo pollo empanado. Y una cerveza. Una Mahou. La última.

En Algeciras se unió el último miembro de la expedición. Otro Javi. Para diferenciarlo lo llamamos Chico. Javi Chico. Parece un click de famobil con todos los complementos. Gorra. Mochila. Linternas. Brújula. Un cinturón lleno de bolsillos con de todo.

Javi llega con toda la ilusión. Se ha sobrepuesto a las amenazas de separación de la novia. Un clásico entre los expedicionarios. Amenazas que a veces se cumplen. Para qué amargarse.

En el barco nos entretenemos en ver guías y más mapas. Se va dando cuenta de lo que hemos ido encontrando en otras expediciones. La idea es ir prospectando toda la zona de transición hasta topar con el verdadero desierto. Hasta donde es imposible que haya nada vivo.

Pero los ‘oueds’ (ramblas) poblados de acacias son un lugar en el que aun pueden sobrevivir  guepardos, el gato de las arenas o el caracal. Sí. Algo atrevida la hipótesis. Pero las cuadrículas de los atlas de herpetología, de aves y mamíferos están en blanco. Y no porque no haya bichos. Sino porque nadie va allí para comprobarlo.

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Este es el verdadero sello de distinción de nuestra expedición: además de recorrer pistas con los todoterrenos, nosotros nos metemos a fondo: caminamos por los barrancos, llanos, pedregales y arenales. Zoología de bota. De la clásica. Apoyada con algo de tecnología.

Vamos a buscar bichos siguiendo sus rastros. Metiéndonos en sus cubiles. Buscando ojos en la noche. Pretendemos estudiar el estado de las poblaciones de gacelas y carnívoros. Recoger datos de campo para centros de investigación. Buscar cosas raras en sitios remotos en fechas incómodas.

El día ha sido largo. De esperas. De paciencia. Pasamos la frontera de Tánger a las dos de la mañana. Llegamos a la Mamora a las cinco. Cada cual se apaña como puede. El Indio y Gerardo duermen dentro del coche, reclinando los asientos. Los Javi se suben a la baca del Land Rover. Los demás tienen el ánimo suficiente como para montar un par de tiendas.

Considerando que en hora y media vamos a continuar la marcha yo opto por tumbarme debajo de un alcornoque, metido en el saco, y cubrirme con el doble techo de la tienda. El relente es considerable. Las hojas de los alcornoques gotean. Destilan la humedad que viene del mar. Que invade fácilmente la llanura Atlántica.

Estamos derrotados. Se hace el silencio. Soñamos con el desierto.

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Expedición al Sáhara Occidental. 2011. (1) Preparativos

LOGO Harmusch gacelaEl invierno está resultando extremadamente apacible. Aún y así hay nieve en la Sierra y los planes se suceden. Buceo en el Cabo de Gata trufado con crampones para subir los corredores del Buitre. Tardes de lectura. El sol colándose por el ventanal. Paseos matutinos al borde del mar en calma. Completa calma.

A veces me dejo envolver por esta bonanza. Ajeno a la crisis que, dicen en la radio, dicen en Madrid, dicen en el parquet de las bolsas, está arrasando con todo. ‘Esta todo fatal’ ‘Qué mala suerte habéis tenido los de vuestra generación. Todos en el paro’. Me tumbo en una manta que coloco junto al ventanal y leo. Parezco un perro tirado en el suelo. Un perro dichoso.

Otras veces el pánico se cuela por los poros. No me deja respirar. Edades críticas. Jugando a escribir. En vez de buscar un trabajo como dios manda.

Lo que pasa es que soy ateo. No tengo guías. Un ser descarriado.

Renuncio a la vida ajetreada de labrarse un futuro en una empresa. Admiro la fuerza de muchos que van de aquí para allá. Que desayunan en Berlín, meriendan en Madrid y duermen en Pernambuco. No tengo fuerza. No tengo fuerza ni para pensarlo.

Mis fuerzas se concentran en hacer mil metros puros de desnivel. Del tirón a ser posible.

Esta vida casera tamizada con paseos por los alrededores de la provincia se ve perturbada por un mail.

Se refiere a un viaje del que había desistido. El de Marruecos, al desierto.

Empieza así: “Hola pedazo de estiércoles”

El comienzo es bueno, no vamos a negarlo. Te llama la atención. Palabras convincentes que incitan a seguir leyendo. No esperaba menos del Indio. En esta fechas navideñas llenas de fraternidad.

“Os adjunto un par de hojas para que sepáis donde vamos y qué haremos. Básicamente tragar arena y buscar fantasmas a tomar por saco”.

O. Ergatoua

Empiezo a arrepentirme de no ir. Solo un poquito. El plan es muy bueno. Pero no puede ser. Las fiestas navideñas. El delicado equilibrio del ecosistema familiar. Las represalias que pueden desencadenarse. En fin. Estoy mentalizado. Voy teniendo la receta para aguantar eventos insufribles. Un par de cervezas de golpe. Y luego incluso canto villancicos. Con la zambomba.

Sigo leyendo:

“Advertencia: NO vamos a hacer turismo convencional ni siquiera como actividad marginal secundaria, vamos SOLO y exclusivamente a BUSCAR especies. Por parte de la organización se llevará a raja tabla la tolerancia cero a mercadillos, monumentos y asuntos étnico-turísticos, y por supuesto nada de ‘como nos pilla de camino, vamos a entrar a Marraquech’. Esto no es una broma barata, va muy en serio y lo enfatizo sólo por los nuevos, el resto está claro que es un grupo 100% operativo”.

Se me empiezan a remover las tripas. No puedo seguir sentado en la biblioteca. Necesito estirar las piernas. Encenderme una pipa.

Salgo a la calle. Medito. En movimiento. Andando en pequeños círculos. Como si estuviese en el patio de una cárcel.

He leído las postdatas con las que terminaba el mail. Hay un rendijita por la que meterse:

“PD1. JM. Valderrama, so peazo de mongolo nº1, por ahorrarte unos miserables 250 euros y una bronca marital cotidiana te vas a arrepentir toda tu vida: ¡qué vamos al Sahara de aventura, tronko, a perdernos en un paisaje descarnado y geológicamente vivo, que es lo que te pone!”.

“PD2. Gerardo, so peazo de mongolo nº2 (en realidad, eres el nº1 del mundo mundial), no te olvides ni una linterna, foco o similar, que hay espacio (y te atas un GPS al cuello con un candado nada más cruzar el Estrecho)”.

Era una oferta que no podía rechazar.

Así que empiezo a mover todas mis influencias (me doy cuenta de que no tengo ninguna). Empiezo a ver cuántos puntos yoplait he juntado en este trimestre para poderlos canjear por unos días de aventurilla. Que es lo que me pone, efectivamente.

Me imprimo el anexo del e-mail y se leen cosas muy provocadoras:

“OBJETIVOS: (i) Continuar el sondeo de guepardo y caracal en la región del Bajo Draa – Aidar; (ii) Recopilar información sobre fauna sahariana amenazada y / o poco conocida; (iii) Recoger muestras de carnívoros y de gacelas para el CIBIO y para la EEZA”.

“EQUIPO HUMANO, MATERIAL Y METODOS: Un grupo de 8-10 personas, con dos todo-terrenos, 3-4 GPSs, material óptico y fotográfico (4 telescopios), 10 cámaras-trampa, dos focos para coche, trampas para micromamíferos y material de toma de muestras (excrementos de carnívoros y de ungulados).  Sondeos a pie y en vehículo, tanto de día como de noche (foqueo) y foto-trampeo; se complementa con entrevistas a lugareños con guía ilustrada (sólo para obtener datos orientativos)”.

Consigo los permisos. Las negociaciones se han prolongado hasta altas horas de la noche.  Empiezo a juntar material. Cierro asuntos. Escribo. La crisis arrecia. Los ojos me brillan.

Aun a estas horas, a un día de la salida, está desparramado el contenido de la mochila por los suelos. Procuro no olvidar nada: pasaporte, dinero, lentillas. Hablo por teléfono para averiguar la ruta de los todoterreno y ver en qué punto me puedo enganchar a la caravana.

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Frío unas almendras. Parto hueva y mojama. Trato de no olvidar que hoy es Nochebuena. Y mañana Navidad. Hablo con Madrid. La familia.

Todo empieza a ir demasiado deprisa. A una velocidad que había olvidado. No me he podido tumbar al sol.