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Expedición al Negjyr y Oued Jenna, Enero 2015

El pasado mes de enero de 2015, la Asociación Harmusch realizó una expedición al Sáhara Atlántico con el objeto de evaluar la potencialidad de una zona para futuros estudios del gato de las arenas (Felis margarita), felino cuyos aspectos básicos acerca de su biología y  situación permanecen muy poco conocidos. El grupo estaba formado por ocho integrantes ─Joaquín Pérez, Miguel Ángel Díaz, Begoña Álvarez, J. M. Valderrama, Javier Herrera, Luis G. Cardenete, Nena F. Stols y Jose M. Gil─ que partieron el 10 de enero desde Marmolejo (provincia de Jaén, España) y regresaron el 22 del mismo mes. El viaje se llevó a cabo en dos Landrovers Defender alquilados a la empresa Bujarkay, a la que agradecemos desde aquí su buen hacer con nosotros y los magníficos vehículos que siempre nos facilitan. Tras más de tres horas aguardando en la frontera, por fin salimos de Tánger por la tarde y llegamos a las tierras del Sáhara al día siguiente, tras unos 1200 Km de ruta gracias al tesón de nuestros conductores (Joako, Luis y Javi: ¡gracias!) que solo paraban para repostar. Ya en el desierto, el recorrido fue: Laâyoune (El Ayum), Smara, Bir Anzarane, Aoussard y Dakhla, regresando a Laâyoune por la carretera de la costa.

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Las principales zonas prospectadas fueron el Negjyr y el Oued Jenna. El primero es un pequeño macizo rocoso de unos 60 km de longitud, donde a mediados del pasado siglo abundaban las gacelas mohor (Nanger dama mohor), los avestruces (Struthio camelus) e incluso había órices cimitarra (Oryx dammah), según pudo comprobar Jose Antonio Valverde en su primera expedición al por entonces Sáhara Español [1]. El Oued Jenna se localiza cerca del pueblo fronterizo de Aoussard, y destaca por sus formaciones bien conservadas de talhas (Acia tortilis raddina) múrkebas (Panicum turgidum) y el reg arenoso de ascaf (Nucularia perreni), donde en los últimos años se han observado numerosos gatos de las arenas [2]. A sendos lados de dicho oued se localizan varios montes isla, como el Gor Derraman, muy sugerentes tanto desde el punto de vista geológico como faunístico.

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Los resultados fueron muy llamativos, pues por un lado se pudieron localizar con facilidad frecuentes indicios de gato de las arenas, mientras que por otro se comprobó que la zona posee óptimas condiciones logísticas, salvando el problema de las minas. Existen dos tipos, las anticarro y las antipersona. Se utilizaron mayoritariamente en los años ochenta del siglo pasado, durante el conflicto bélico entre Marruecos y el Polisario. Salvo en áreas muy concretas y conocidas, donde abundan, en principio en nuestro recorrido son infrecuentes aunque también impredecibles. En cualquier caso, las zonas que más nos interesan no han registrado incidentes en los últimos años y los pastores nómadas hacen uso continuo de ellas.

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Durante el trabajo de campo pudimos realizar interesantes registros de fauna sahariana. Entre los mamíferos destacan tres observaciones de gacela dorcas occidental (Gacella dorcas neglecta), seis fenecs (Vulpes zerda), cuatro zorros de Rüppell (V. rueppelli) y un chacal dorado (Canis aureus); mediante foto-trampeo se obtuvieron dos registros de zorros de Rüppell y uno de gato montés norteafricano (Felis lybica); encontramos huellas de un macho solitario de arruí sahariano (Ammotragus lervia sahariensis), un rastro de caracal (Caracal caracal) que hasta donde sabemos es el primer registro de este felino para la región, tres rastros y un cráneo de ratel (Mellivora capensis), numerosos rastros de mangosta esbelta (Gallereda sanguinea), que también son los primeros registros en la región, y un rastro de zorrilla líbica (Ictonyx libica). Localizamos cinco cubiles de hiena rayada (Hyaena hyaena), uno de ellos relativamente reciente que resultó ser un auténtico osario por la increíble acumulación de huesos; en estos cubiles había muchos restos de gacela dorcas, así como cinco cuernos de gacela mohor y un maxilar superior de hiena. Con trampas Sherman se capturaron algunos jerbillos (Gerbillus sp.) y se vieron algunos jerbos (Jaculus sp) y liebres de sabana (Lepus microtis). En el caso de las aves, observamos casi todas las especies típicas de la zona, destacando un bando de unas 300 gangas coronadas (Pteocles coronatus), tres águilas reales (Aquila chryasetos), un búho real desértico (Bubo ascalaphus), un halcón borní (Falco biarmicus), tres prinias charlatanas (Spiloptila clamans) en el oued Jenna y numerosos gorriones saharianos (Passer simplex), calandrias picogruesas (Rhamphocoris clotbey), alondras ibis (Alaemon alaudipes), terreras sahariana (Ammomanes deserti) y colinegra (A. cincturus) collalbas desértica (Oenanthe deserti) y negra de Brehm (O. leucopyga), alcaraván (Burhinus oedicnemus), corredores saharianos (Cursorius cursor), ratoneros moros (Buteo rufinus), cuervos cuellirrojos (Corvus ruficollis), alcaudones reales (Lanius excubitor algeriensis), curruca tomillera (Sylvia conspicillata), etc. Vamos, un auténtico paraíso para los ornitólogos. Los herpetos escasearon por el frío invernal, aunque al menos se consiguieron, entre otros, tres registros de varano del desierto (Varanus griseus), una víbora cornuda (Cerastes cerastes) y numerosos dobs (Uromastyx nigriventris).

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Por último, destacar la magnífica acogida que nos dieron los miembros de la Asociación Nature Initiative (ANI) en Dakhla, donde a nuestra salida de su desierto, nos agasajaron con la amable hospitalidad de los habitantes de estas duras pero bellas tierras. En su sede, Taoufik El Balla nos informó sobre los importantes trabajos que desarrolla esta asociación para la conservación del medio ambiente de la región del Oued Eddahab Lagoira (para nosotros, Río de Oro y La Güera); por el interés de nuestra asociación, destacamos el programa de reintroducción de la gacela mohor, el órice cimitarra y el avestruz sahariano, así como el programa de conservación de la población sahariana de la muy amenazada foca monje (Monachus monachus). Ambos están ofreciendo resultados muy esperanzadores y ojalá que pronto veamos la expansión de las focas y a estos antílopes y avestruces corriendo de nuevo libres por el desierto.

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[1] Valverde, J.A. 1957. Aves del Sahara Español (estudio ecológico del desierto). Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto de Estudios africanos, Madrid.

[2] Sliwa, A., Breton, G. y Chevalier, F. 2013. Sand cat sightings in the Moroccan Sahara. Catnews 59, 28-30.

 

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Noches en el desierto

Cuando conocí a Luis mi vida cambió. Hasta entonces yo dormía en el suelo. Me daba pereza montar la tienda. Y la mañana siguiente, con el frío, plegarla y enrollarla. Con esa humedad del desierto. La arena pegada. Buf. Ni pensarlo. Mejor vivaquear. Viendo las estrellas, fumándome una pipa. Estaba el inconveniente de la arena, que cuando sopla el viento se convierte en un improvisado peeling de lo más efectivo.

Gerardo y Javi tenían razones más prácticas que yo para dormir en el suelo. Caminan de noche. Llegan a las tantas y se vuelven a levantar antes del amanecer. Con ese trasiego la tienda es un engorro. Prefieren echar el saco sobre el pedregal, o el mullido fondo de un oued. En una de esas Gerardo vivió una intensa experiencia soportando una tormenta de arena. Durante horas aguantó en posición fetal los furiosos embates del vendaval. Con suerte en este viaje podría probarlo.

Pero como digo mi vida cambió cuando conocí a Luis, un herpetólogo ─estudioso de los herpetos: reptiles (y por extensión anfibios) ─ que formaba parte del Grupo Salvaje.

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Cuando uno ve a Luis desplegando sus medios para buscar, georeferenciar y catalogar sabandijas ─como el Indio ha bautizado a los herpetos─ y le escucha hablar sobre el tema, puede pensar que está frente a una eminencia de alguna universidad norteamericana que ha venido de año sabático al Sahara.

Luego resulta que no, que es un «aficionado». Joder con los aficionados. Estos tipos con los que viajo son expertos aficionados que acumulan un conocimiento que ya quisieran muchos catedráticos.

El caso es que Luis, cuando vio que echaba la esterilla al suelo y me fabricaba una almohada con la ropa que me iba quitando dijo: «¿Pero tú vas a dormir ahí?» «Sí ─respondí─ tengo una buena funda de vivac, se ven las estrellas y tampoco me molestan las piedras». «No, si no lo digo por eso. Es otra cosa. Si quieres vente a dar una vuelta y verás a lo que me refiero».

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Javi se preparaba para su recorrido nocturno. La charla decaía alrededor del fuego. Joako tomaba unas notas en su cuaderno de campo y Migue ponía orden en las provisiones. Luis buscó sus guantes de cuero, el frontal, la grabadora y el gps. Para un simple paseíllo había que vestirse de expedicionario.

Nena se apunta al paseíllo. No pierde ni una oportunidad para ver bichos. «Ves, más o menos una de cada cuatro piedras tiene premio, como los yogures». Me decía Luis a medida que sacaba escorpiones, galeodes e incluso alguna víbora de sus refugios. «Vamos, no duermo yo en el suelo ni loco», remacha. Y mira que está loco el tipo.

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A la vuelta puse la tienda. Uno puede ser valiente, incluso romántico. Pero no gilipollas (aunque a veces tengo serias dudas). Para la noche siguiente ya me habían sugerido una alternativa mucho mejor: dormir en el techo del lanrover. Seguiría viendo las estrellas. Estaba más lejos de la arena. Aunque, eso sí, debería renunciar a la pipa. No resultaba muy aconsejable encender el mechero justo al lado de los sesenta litros de gasóleo que llevábamos en los jerrys.

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En un par de noches ya se ha establecido un protocolo silencioso en el que cada miembro de la expedición sabe más o menos lo que tiene que hacer. Así, mientras yo disponía la esterilla en la baca del lanrover, Bego, sin decir palabra, pero diciéndolo todo con su gesto, me lanzaba una manta para que la noche fuese más llevadera.

Las llamas de la hoguera van languideciendo. Poco a poco nos retiramos a nuestros aposentos. A lo lejos un focazo intempestivo nos recuerda que Javi sigue dando bandazos y que de momento no ha pisado una mina.

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Mi protocolo en las alturas consistía en lo siguiente. Meter el saco en la funda de vivac. Las botas en la funda del saco. Utilizar la manta como almohada. Colocar la mochila de modo que me quitase el máximo viento posible. Programaba el móvil para que se apagase en una hora. Dejaba el frontal a mano, por si las moscas. Y el agua, por si me daba sed. Buscaba las canciones que fueron la banda sonora de mi relación con aquella mujer excepcional. Y entonces sí. Metido en el saco, calentito, contemplaba el espectáculo.

He visto cielos estrellados en la montaña. En el trópico. Las noches en Gredos o Sierra Nevada son espectaculares. La peculiaridad del desierto radica en que no hay obstáculos. Las estrellas llegan hasta el suelo. Estás envuelto en ellas. Sopla un ligero viento que te hace apreciar aún más el confort del saco. Veo sus fotos. Cada noche, a la luz de las estrellas, veo sus fotos mientras escucho su música.

Los perros del desierto duermen; uno se siente pleno al formar parte de esta jauría sin escrúpulos. Tipos que son de verdad. Auténticos. Nos vence el cansancio. En unas pocas horas nos aguarda otra dura jornada de polvareda y baches. Pues de puta madre. Planazo.

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Harmusch, quienes somos

Son tiempos de crisis. Soplan vientos de cambio. Crisis, crisálida. Metamorfosis. Cambio. Es el momento de reinventarse y de reivindicarse. La oportunidad de juntar de una vez por todas lo que a uno le apasiona con la manera de ganarse la vida.

Probablemente sean conceptos condenados a no llevarse bien. Y nunca un trabajo se pueda conciliar con lo que se hace por diversión y, por tanto, gratuitamente (o pagando por ello).

Pero, como venía diciendo, son tiempos para la utopía y conviene salirse de esos raíles que nos dijeron llegaban a un lugar llamado felicidad. Hemos visto que no van a ninguna parte.

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Es el contexto vital de muchos compañeros. Me refiero a mis colegas zoólogos y, por extensión, a investigadores de diverso pelaje y condición. Gente muy capaz, diestra, bien formada, motivada y competente. Con ideas e iniciativa y cuyo premio es estar sentado en los bancos de la oficina de empleo más cercana.

Son estos mismos biólogos los que llevan toda su vida al acecho de fauna silvestre. Controlando nidos de rapaces, buscando reptiles debajo de las piedras, explorando recovecos del terreno, siguiendo las huellas de grandes carnívoros, censando aves esteparias.

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Su radio de acción empezó siendo el monte mediterráneo, que les pillaba cerca de casa. Después llegaron aquellos iniciáticos viajes por las montañas del norte. Los Picos de Europa, los Pirineos. Frescos hayedos colmados de hojarasca en descomposición. Donde se afanaron por detectar las especies emblemáticas que vieron en ‘El Hombre y la Tierra’, verdadero punto de partida de varias generaciones de naturalistas.

Luego cruzamos a África. El vecino Marruecos ha sido un lugar en el que dejar volar la imaginación y hacer kilómetros. Después nos cruzamos África. Recorrimos ambientes tropicales en Sudamérica. Llegamos hasta el Himalaya.

Con la edad ganamos en experiencia y sistematización. Se iban acumulando años de observaciones. Montañas de datos que poco a poco van viendo la luz.

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Nos fuimos especializando en buscar especies al borde de la extinción. Las encontramos donde no debían estar. Rellenamos algunas de las cuadrículas en blanco de los Atlas de fauna. Todas las vacaciones, todos los ahorros, se invierten en expediciones autofinanciadas que nos reviven.

Particular relevancia, por el número de viajes realizados hasta la fecha, tiene el cuadrante norte del Sahara Occidental, un área de 20.000 km2 comprendida entre el bajo río Draa, los montes Aydar y la Sequiat Al Hamra. No ha sido aleatoria la elección del lugar. La zona ya fue señalada como de alto interés por el famoso biólogo José Antonio Valverde[1].

Los violentos enfrentamientos bélicos que se produjeron entre Marruecos y el Frente Polisario, junto con lo hostil del ambiente, árido y abrupto, y las escasas vías de comunicación y poblados, han permitido que algunas zonas de esta amplia área actúen como refugio de la fauna sahariana más significativa.

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Los hallazgos han sido relevantes y ello nos animó a proceder de una manera más formal (esperemos no cagarla). En efecto, hemos topado con algunos obstáculos que nos han decidido a dar un nuevo paso. Necesitamos una cobertura legal para nuestros propósitos.

A título personal es complicado llevar a cabo según qué cosas. Entrar en Parques Nacionales cargado de cámaras trampa es difícilmente justificable y aunque es posible hacerlo ─a los hechos me remito─ los hallazgos y descubrimientos no se pueden divulgar so pena de cerrarse puertas para siempre.

En este contexto nace Harmusch (nombre en hasanía de la gacela de Cuvier), una asociación naturalista que nos sirve como figura legal para obtener permisos científicos y realizar colaboraciones con grupos científicos en India, Marruecos y España.

Ahora el reto es no perder el espíritu festivo y alegre que siempre ha rodeado estos viajes en busca de fauna. Veremos.

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[1] Valverde, J.A. (2004). Sahara, Guinea y Marruecos. Expediciones Saharianas. Memorias de un Biólogo Heterodoxo. Tomo III. Ed. V & V, Madrid.